“Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte”.

El atalaya es un centinela, un vigilante que está puesto en una torre para advertir al pueblo acerca de los peligros que puedan acechar a la ciudad. Usando esta figura, el Señor habla acerca de sus siervos que están puestos para advertir al pueblo acerca de los peligros que acechan sus vidas, llamarles a estar conscientes del pecado, y apartarse de él. “Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares y ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tu habrás librado tu alma.” (Ez.3:17-19) Podremos apreciar la responsabilidad de aquel que está puesto por atalaya ante el pueblo de Dios. El deber de enseñar, instruir, corregir, exhortar, reprender, a fin de guiar en la verdad de la palabra de Dios a todo creyente, para su edificación. Esto es lo que hacía el apóstol Pablo entre los hermanos que el Señor le había encomendado. “Por tanto, yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios.” (Hch.20:26-27).

Esto se refiere a una enseñanza integral, en todas las áreas a fin de que el hombre de Dios sea enteramente preparado para toda buena obra. Tenemos la responsabilidad de hablar la palabra de Dios para la salvación de todos los que nos oyeren. La responsabilidad de recibirla es de los oyentes, pero nuestro deber es ser fieles al Señor hablando lo que él nos ha mandado. Este es un requisito para ser enviado de Dios: “Retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen.” (Tit.1:9) Se trata de ser un canal de la palabra de Dios; no se trata de enseñar costumbres o mandamientos de hombres, sino de ser fiel a la palabra de Dios, desechando las tradiciones que leudan y hacen infructuoso el evangelio. Muchas veces, hablar la palabra de Dios traerá enemistad, y aborrecimiento a los mensajeros, pero nuestro deber es agradar a aquel que nos llamó y nos ha dado la comisión de llevar su mensaje. “¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad? (Gá.4:16) Comprenderemos que ser portadores de la verdad tiene precio.

Identificarse como mensajero de Dios tiene una gran responsabilidad, ya que tiene que ver con la salvación de los hombres; de la fidelidad de nuestro mensaje puede haber salvación o extravío de los oyentes. “Hermanos míos, No os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.” (Stg.3:1) Muchos pueden desear tener multitudes escuchando sus mensajes, pero ¿están conscientes que han de dar cuenta por cada uno de ellos? ¿Puede un ciego guiar a otro ciego? “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no es provechoso.” (He.13:17) Advertido por el propio Señor a sus discípulos de que vendrían muchos en su nombre, pero con engaño. Notemos la disposición de ir sin ser enviados por Dios: “No envié yo aquellos profetas, pero ellos corrían; yo no les hablé, mas ellos profetizaban. Pero si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras.” (Jer.23:21-22) Que diferente a las características de un verdadero enviado de Dios, como lo fue Pablo. “Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones.” (1Ts.2:3-4) La palabra de Dios es sumamente pura, por lo que el Señor debe limpiar primero a los portadores de ella, para que esa pureza permanezca.

Si Dios es el prueba nuestros corazones, una de las cosas que debemos examinar en cuanto a nuestras motivaciones, es ¿Por qué queremos ganar almas? Es por su salvación y edificación, o son otras las motivaciones. Notemos lo dicho por el Señor Jesús a los dirigentes de Israel: “…recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.” (Mt.23:15) ¿Qué estamos haciendo con los hermanos que están dentro de la iglesia? ¿De qué sirve traer almas del mundo, para que sean mal formadas dentro de la iglesia? Lo más importante para que el Señor añada vidas a la iglesia, es que la iglesia esté sana, donde realmente se esté conociendo al Señor, y haya una obra de santificación y conocimiento de Dios. “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas… Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” (Hch.2:44-47) Notaremos que el Señor añade a una iglesia sana, con un mismo sentir, que persevera en la doctrina de Dios.

Hablando de los siervos de Dios, debemos aprender a reconocerlos por sus frutos como lo dijo el Señor Jesús. Para que haya buen fruto es necesario que haya buena simiente. Cuando Cristo es sembrado en el corazón, y es él el que crece y se manifiesta, entonces serán sus características las que estarán en evidencia. Ante esto, debemos saber que los obreros son pocos, es decir, aquellos que han sido capacitados por el Señor para hacer su obra. “Al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.” (Mt.9:36-38) Notaremos que los obreros son pocos; y estos obreros son formados y capacitados por el Señor: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.” (Ef.4:11) Vemos que el Señor los constituye, y lo hace con el propósito de que su iglesia sea edificada. Son ministerios que se complementan entre sí, que unidos trabajan para edificar a los santos a fin de que todos alcancen gracia para el servicio a Dios, según lo que a cada uno conceda el Señor. A Timoteo, el apóstol Pablo le exhorta a hacer obra evangelistica; esto nos enseña que hay una obra específica para cada uno de estos ministerios, y que evidencia que han sido enviados de Dios. Hay un objetivo final, el crecimiento de los creyentes hasta la perfección. Cada ministerio tiene una porción de Cristo, de la plenitud del Verbo. Todos juntos, según la capacidad dada a cada uno, pueden edificar hasta la perfección. “…Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre.” (Col.1:27b-28) ¿Quién pudiera estar preparado para semejante obra, por su propia capacidad? “No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto.” (2Co.3:5-6ª).

Un atalaya, un enviado de Dios para hablar a su pueblo, a de manifestar el carácter de Cristo, se hará evidente que ha sido hecho por él. Por lo tanto, contrario a los valores del mundo, en el reino de Dios, el mayor de todos es el más pequeño, el más humilde. “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.” (Mr.9:35) “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo.” (Fil.2:3) “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.” (1P.5:2-3) Resumiéndolo todo, si hemos sido discípulos del Señor Jesús, si hemos caminado con él y aprendido de él, entonces, su carácter estará en los que andan en su nombre. Muchas cosas podemos hacer en el nombre del Señor Jesús, pero si no tenemos amor, de nada sirve. El mensaje de Dios ha de ser claro y verdadero en los atalayas que han caminado con Dios.

Via. Armonia.cl

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