Escuchó alguna vez acerca del… “evangelio transcultural?” Cuando uno comienza a averiguar esto, en un primer momento parece algo plausible, incluso necesario. Uno se fija la idea que lo que pretenden, es tratar de comprender a la gente del lugar donde uno quiere presentar el evangelio.

En otras palabras, si usted va a Brasil y la cultura allí festeja su carnaval, usted debe adecuar el evangelio al carnaval, de modo que los brasileños no rechacen el evangelio. Es lo mismo que decirles que ellos pueden seguir participando en las orgías carnavalezcas y al mismo tiempo pretender que son cristianos. Siempre uno puede hallar algún… “texto bíblico para apoyar la idea”. Lo mismo ocurriría con la música. Si usted ha de ser discípulo de uno de estos conceptos del transculturalismo, olvídese del concepto de la música cristiana que presenta Pablo cuando dice: “… con salmos e himnos y cánticos espirituales” (Col. 3:16b). Hoy en día muchos cristianos dirán que esta música paulina es “para los viejitos” no para la generación joven y artísticamente tan avanzada.

¿Cuál era el evangelio que Pablo predicaba al recorrer Asia y luego Europa? ¿Trataba de averiguar la cultura de cada pueblo para acomodar el evangelio a esas culturas respectivamente? No, usted no verá tal cosa, Pablo predicaba a Cristo y nada más. Él escribió a los hermanos en Corinto: “Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios” (1 Co. 1:22-24). Un poco más adelante dice:“Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1. Co. 2:2).

Hoy por hoy los colombianos piden cumbia, los del Caribe salsa, los brasileños macumbas, los carismáticos milagros, los pentecostales lenguas, los de Shuler y muchos otros buscan autoestima, visualización y prosperidad material lo mismo que el poder de la palabra. Estos… gustos tan variados irán en aumento, pero el deber del auténtico cristiano es exigir que el pecador se ajuste a la doctrina de Cristo, abandonando sus gustos y creencias. No importa la cultura, el evangelio es el mismo para Asia, África, Europa, América, etc. Todos los pecadores padecen del mismo mal: el pecado, por lo tanto, todos necesitan el mismo auxilio: el divino. Necesitan saber del mismo Cristo que fue crucificado por ellos para redimirlos y salvarlos. No existen diferentes medios de salvación para los respectivos grupos étnicos con sus diferentes culturas.

La idea del “evangelio transcultural” se está haciendo muy popular, pero nosotros debemos cuidarnos de este truco satánico. En la Biblia leemos: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gá. 1:8,9). Pablo no tenía un evangelio para los judíos y otro para los griegos, luego otro para los asiáticos y otro para los romanos. Las culturas eran muy diferentes, pero el evangelio diseñado por el Espíritu Santo es tal que tiene el mismo efecto en todos y cada uno de los diferentes pueblos del globo.

Quienes predican este falso evangelio transcultural sostienen que en un país donde impera la idolatría, no se debe hablar abiertamente en contra de la idolatría. Dicen que en un país, como Alemania por ejemplo, donde beber bastante cerveza es parte de la cultura, o en España, donde abunda el buen vino, no se debe hablar contra estas bebidas ni contra el pecado de la embriaguez porque eso no es pecado para esos pueblos, pero sí lo es donde no se bebe tanto.

Si los misioneros que llevaron el evangelio a tantos pueblos de la tierra en el pasado hubieran seguido este patrón, en muchos de esos países no habría cristianos hoy. El que lleva las buenas nuevas debe ser bien claro en esto. El mismo evangelio que predicó el Señor, lo predicó Pedro a los judíos en Jerusalén el día de Pentecostés. Luego Felipe lo predicó en Samaria, también Pedro en la casa de Cornelio. Pablo hizo exactamente lo mismo cuando predicó a los griegos y a los romanos. Lo único que cambiaba era el idioma, pero ellos siempre denunciaron exigiendo que los paganos abandonaran su paganismo y se volvieran al Dios verdadero, aunque el politeísmo era la cultura de esos pueblos.

¡Cuán rápidamente ha pasado el tiempo! Nos encontramos ya en el año 2003. Con el temor al Y2K, el que finalmente resultó un fiasco, la tecnología moderna ha creado un nuevo mundo electrónico sin fronteras. Podemos ver ya a la vuelta de la esquina el gobierno del Anticristo. Las corporaciones multinacionales han unido a este mundo en una forma que era imposible anticipar hace sólo unas décadas. ¡No hay forma de regresar! Durante años Profecías Bíblicas ha estado anticipando este escenario.

Los billones de dólares gastados para prevenir las fallas en el sistema computarizado mundial puso el fundamento para una nueva explosión tecnológica más allá de la imaginación. No sorprende que los líderes cristianos hayan también sucumbido víctimas de la euforia al considerar la creciente apostasía. “A fin de cuentas”, dicen algunos, “con la alta tecnología: ¿quién necesita el Espíritu Santo? ¿Quién le teme a Dios? ¡El hombre ahora lo controla todo!”

Por años hemos estado dando advertencias respecto al aumento acelerado del ecumenismo. Ya que el Señor no vino por su iglesia en el año 2000, como muchos esperaban, cada vez somos menos los que creemos en el rapto. Uno puede ver a la iglesia mundial, la del Anticristo, elevándose como el ave fénix desde las cenizas del cristianismo profesante. Es bien fácil poder trazar esta progresión. Además de esto, advertimos un nuevo fenómeno entre el cristianismo. Como hoy se está predicando el evangelio en diferentes países del mundo, se está popularizando cada vez más el concepto de un evangelio que se ajuste a cada cultura, en otras palabras, un “evangelio transcultural”.

El apóstol Pablo se sorprendió cuando la primera generación de cristianos comenzó a morir. Hoy, ha concluido el segundo milenio de la historia de la iglesia y estamos ya en el tercero. No sería raro que los santos que dan testimonio en gloria, estén diciéndose unos a otros: “¿Quién lo hubiera pensado, que la Iglesia haya entrado en su tercer milenio de existencia?” Pero así es la forma cómo opera la providencia de Dios. ¿Qué nos depara este tercer milenio en esa porción de tiempo que queda hasta que vuelva el Señor? Lamentablemente, hay tendencias peligrosas que son bien alarmantes.

Lo primero que advertimos es una pasión desbordante por la unidad. El tema del ecumenismo que prevalece en forma asombrosa en este siglo es: “¡El evangelio será más poderoso y los ideales bíblicos más penetrantes, si dejamos a un lado las distinciones doctrinales y reunimos a todos los que pronuncian el nombre de Cristo en un gran coro de testimonio al mundo!”

Mientras que muchos creyentes hoy desean ardientemente la unidad, las generaciones anteriores de pensadores cristianos preferían seguir la precisión doctrinal. Martín Lutero, por ejemplo, hacía una distinción firme entre la justicia impartida, que denunciaba como herética, y la justicia imputada. Esta justicia impartida es supuestamente provista por Cristo, pero sólo se obtiene a través de los sacramentos administrados por la iglesia católica romana. Pablo, sin embargo habló en su epístola a los romanos de una justicia imputada, la misma justicia de Cristo aplicada divinamente al pecador en el instante de su conversión. Esta justicia imputada es la que permite que el pecador, desde el momento en que es salvo en adelante, permanezca legalmente impecable ante el Dios santo y justo. “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree. Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Ro. 10:3-10).

Este tipo de precisión teológica deliberada fue la esencia del pensamiento de la reforma. Sin embargo, muchos hoy cuestionan la legitimidad de hacer esta clase de distinciones. De hecho, no ha surgido ningún concepto más pernicioso que el que dice que la causa de Cristo se ve mutilada cuando los hombres son demasiado apasionados acerca de la verdad de la Palabra de Dios y que la verdad revelada nunca debe ser un impedimento para la unidad.

Es cierto que muchos han predicado frecuentemente un separatismo basado en normas inventadas por ellos mismos, pero este celo mal enfocado no minimiza la obligación del creyente: “Compra la verdad, y no la vendas…” (Pr. 23:23). No es bíblico descuidar la verdad a cambio de una unidad superficial con aquellos que abrazan una doctrina diferente. Así como no hay ninguna excusa para arriesgar la unidad a menos que se justifique por las claras normas y verdades de la Palabra de Dios, tampoco hay justificación para insistir en la supuesta unidad a expensas de lo que enseñan claramente las Escrituras.

El ataque de Satanás no había sido nunca antes más certero, que ahora cuando lo está usando para separar a los creyentes de su confianza en la autoridad y la suficiencia de las Escrituras. El diablo y sus huestes demoníacas evidentemente están trabajando horas extras para convencer a los cristianos de que sólo se puede dar testimonio de labios respecto a la autoridad de la Palabra de Dios, pero que ninguna persona moderna y racional puede vivir de acuerdo con ella. Es por eso que los líderes“cristianos” hoy, están bien ocupados, especialmente porque es un tiempo en el que se están uniendo a la iglesia, personas con trasfondos culturales muy diferentes entre sí, a las cuales, según ellos, “sería absurdo tratar de cambiar en forma tan radical”.

Si bien hay muchas estrategias diabólicas que están trabajando con ese objetivo, el precursor del mayor mal parece ser el concepto de que la Biblia sólo significa lo que uno piensa que significa. Por lo tanto, el cristiano debe entresacar lo que parece ser el significado de la Palabra escrita y luego reconstruir el mensaje según su propio programa. Estos nuevos maestros en teología argumentan, que como esas personas de diferente trasfondo cultural traen su propio marco de referencia, sus anhelos y sus costumbres, sólo ellos deben determinar el significado del mensaje, y que no se le debe imponer la Palabra escrita al pie de la letra.

En consecuencia, ningún mensaje puede significar algo en forma cierta. La comunicación objetiva es imposible, la verdad objetiva, imaginaria. Por lo tanto, la Biblia está terminando por convertirse en una degeneración de lo que cada individuo le gustaría que fuera. ¡Evidentemente los distribuidores de esta filosofía creen que no se aplica a ellos porque están afirmando que es imposible explicar algo! El significado de las Escrituras es determinado, independientemente de si lo entienden totalmente o no. Pero Dios sí sabe cómo decir lo que significa y sabe qué es lo que dice.

Toda persona que manipule el mensaje de la Biblia según su gusto particular, en vez de aceptar lo que ha hablado el Dios soberano, tendrá que responder ante el Señor. Es por esta razón que un buen estudiante de la Biblia ora y le pide al Espíritu que lo ilumine y le ayude a pensar con los pensamientos de Dios, antes que los propios. Trabaja para entender la cultura desde la cual surgió el mensaje de las Escrituras y los idiomas en que se escribió la Biblia originalmente. Lucha por estudiar la Biblia como un todo, para que la propia Escritura pueda corregirlo cuando su comprensión de un pasaje dado sea incorrecta.

Esta nueva forma de pensamiento ha invadido el mundo cristiano, sugiere la idea de que un pasaje de la Escritura puede tener más de un significado, uno para usted y otro completamente diferente para mí, uno para una cultura y otro para otra, un significado para una generación anterior y otro para una generación posterior. “Después de todo”, dicen estos nuevos teólogos,“cada creyente debe determinar su significado”. No, no es así. Esta teoría está llena de errores. Por cierto, hay algo de verdad en la frase trillada de que, “un significado puede tener varias aplicaciones”, pero cada aplicación debe surgir legítimamente del significado fijo del pasaje. Lo primero que debemos preguntarnos es: ¿Qué quiso decir el autor original cuando, por inspiración del Espíritu de Dios, le escribió a la iglesia primitiva? ¿Por qué usó esas palabras específicas y esas construcciones gramaticales? De esto trata la interpretación gramatical e histórica. Aplicar estos principios protegerá al cristiano de infundirle a un texto el significado que más le guste. Si los creyentes fracasan en sujetarse firmemente a este principio básico de la interpretación bíblica, serán engañados fácilmente.

Hoy advertimos una indiferencia desmedida hacia el Antiguo Testamento. Algunos prácticamente lo han extirpado de la Biblia. Demasiados cristianos parecen satisfechos con encuadrar sus vidas sólo alrededor del Nuevo Testamento y pasan muy poco tiempo, o ninguno, estudiando los otros 39 libros de la Biblia. Esta es una indiferencia peligrosa. El Señor Jesucristo enfatizó el valor eterno de toda la Palabra de Dios, así como la responsabilidad del creyente de conocerla y obedecerla. Dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mt. 5:17,18).

Asimismo dijo Dios por medio de Pablo:

• “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Ro. 15:4).

• “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10:11).

• Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:14-17).

Por ejemplo, Dios le dio a Daniel algunas visiones y sueños que anticipaban el futuro, la nación que gobernaría inmediatamente después de Babilonia, al igual que los reinos sucesivos hasta el estado eterno y el reino de nuestro Señor. Jehová le hizo saber con anticipación la venida de los reinos futuros, los conflictos de los reyes futuros y la completación de todas las cosas. Descubrimos en las profecías de Daniel, al igual que en el libro de Apocalipsis, que en los últimos días se integrará una confederación de 10 bloques de naciones que son parte integral del antiguo imperio romano. Por eso es que los estudiosos de la profecía le llaman a la Unión Europea, el Imperio Romano revivido. Esto se ajusta a las profecías del libro de Daniel. Todavía no hemos visto todo, pero sí lo suficiente para saber que estas profecías señalan al pronto retorno de Jesús. El libro de Daniel junto con el de Zacarías, contienen profecías maravillosas.

Walter Kaiser, en la página 17 de su libro publicado en inglés Hacia un redescubrimiento del Antiguo Testamento, identifica al Antiguo Testamento como «el problema más central y decisivo de la teología cristiana». Argumenta «que la actitud que adoptamos ante el Antiguo Testamento, determinará automáticamente gran parte de nuestra teología cristiana, sea que lo hagamos en forma deliberada o en forma irreflexiva». Pero muchos cristianos hoy muestran una indiferencia negligente hacia el Antiguo Testamento y no ven problemas en arrojar a un lado esa parte tan vital de la revelación sagrada. Tal vez el mayor peligro de esta actitud de descuido, es que el creyente que disfruta de las bendiciones provistas por el Nuevo Pacto puede perder de vista la majestad del Dios que se reveló en forma tan poderosa en el Antiguo Testamento. Por cierto, la principal característica del Nuevo Pacto es el Espíritu Santo que mora dentro de nosotros, ministrando al creyente en una intimidad con Dios que era inconcebible en el Antiguo Testamento.

Hoy tenemos el privilegio de poder llamar a Dios “Abba”, una palabra hebrea que significa “Padre”, como dice la Escritura:“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro. 8:15) “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gá. 4:6) Sin embargo, hay un pecado en el que puede caer todo el que disfruta de esta intimidad: la familiaridad descuidada. Esta familiaridad se manifiesta de distintas formas hoy: en la petulancia, la superficialidad y el respeto marginal con que los creyentes hablan del Dios eterno. En la forma tan descuidada como consideran sus mandamientos y normas, y en el carácter egocéntrico de la adoración. Esto mejoraría si simplemente se le prestara una mayor atención al Antiguo Testamento. Creo que no hay mejor antídoto para esta actitud que sobrecogernos con temor reverente al leer de la visión del profeta Isaías al contemplar el trono del Dios tres veces santo. En unir nuestras voces con la del salmista de Israel mientras alababa al Señor que hizo el cielo, y al maravillarnos ante el relato de los hechos poderosos de Jehová y el descuido de su pueblo.

Sin el Antiguo Testamento, es también imposible entender correctamente el lugar único que ocupa el pueblo escogido de Dios en la historia mundial y las raíces judías del cristianismo. Es muy peligrosa la actitud de la nueva comunidad cristiana que acepta tan a la ligera la gracia ofrecida en el Nuevo Testamento mientras descuida la base firme del Antiguo Testamento. Este desprecio deliberado por las verdades escatológicas que contiene la Biblia, parece haberse convertido en la moda de la época.“Ciertamente”, dicen: “al final todo saldrá bien según la intención de Dios”, pero ese hecho no absuelve a los creyentes de su obligación de estudiar y creer en las Escrituras proféticas que describen cómo saldrá todo bien. Aproximadamente una cuarta parte de la Biblia es profecía, y la Escritura nos amonesta a que estemos siempre alertas:

• “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa” (Mt. 24:42,43).

• “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir” (Mt. 25:13).

• “Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad” (Mr. 13:33-37).

Asimismo le confiere una bendición especial a todos los que estudian cuidadosamente el Apocalipsis, la porción que revela en forma más completa la gran culminación que Dios ha planeado para la historia:

• “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca” (Ap. 1:3).

• “¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Ap. 22:7).

Es obvio que toda especulación sobre los últimos tiempos que no puede ser respaldada por las Escrituras es molesta en el mejor de los casos, y peligrosa, en el peor de ellos. Pero el remedio para el abuso de la interpretación de la profecía no es abandonarla, sino honrar diligentemente los principios de la interpretación sólida gramatical e histórica. Sólo Dios sabe el curso que tomará la historia de la iglesia durante este próximo milenio. Pero si continúan estos acontecimientos, es lógico suponer que las distinciones doctrinales continuarán desintegrándose en favor de una unidad cada vez menos bíblica.

Esto puede no ser un buen augurio para los cristianos que no estamos dispuestos a ceder y abandonar nuestras creencias 100% bíblicas. Podríamos convertirnos en el problema que requiere una solución. Las repercusiones, sin embargo llegan aún más lejos. Una vez que los hombres se deshagan del verdadero significado de la Palabra de Dios, podrán justificar cualquier cosa. Sin la confianza en la suficiencia de las Escrituras y sin el fundamento del Antiguo Testamento, se volverá más fácil aún para los cristianos, creer una mentira.

¿Cómo pueden líderes que deberían saberlo mejor, pervertir en forma tan descarada el evangelio de Dios, promoviendo esperanzas falsas y desviando a millones a que confíen en sus propias palabras? ¿O será que en su afán por presentar grandes cifras de “convertidos” están dispuesto a sacrificar no sólo la sana doctrina, sino hasta su propia alma? ¿Será acaso que temen más al rechazo de los hombres que al de Dios? ¿En dónde está el temor a Dios? ¡Están haciendo mofa del Dios de los cielos!

La perversión de la verdad trae popularidad. ¡Qué Dios nos libre de caer en una trampa semejante, en un afán por ganar nuevos convertidos! ¡Nuestro compromiso de estar firmes por su verdad redunda en el bienestar eterno de esos a quienes influenciamos! ¡Ojalá trabajemos para la gloria de Dios, sin buscar la popularidad al ser “un gran evangelista!”

Via. Radio Iglesia.
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