Muchos hemos caído en el error de mirar hacia al lado y compararnos con los hermanos, y en ocasiones podemos llegar al extremo de compararnos con las gentes del mundo (eso no tiene ningún valor); hoy veo como muchas iglesias se comparan unas a otras , que estiman inferiores, y como gran cantidad de cristianos, encuentran su satisfacción en compararse con el resto, en ver que ellos son más justos que el resto. Incluso los hay que llegan a ver sus justicas comparándose con las gentes del mundo, o de tantos falsos ministros de Dios, que han sido sorprendidos en actos depravados que aún ni los mundanos, han caído en tales aberraciones.

Nuestra carne, como es una buscadora nata de vanagloria, siempre buscará la forma de sentirse mejor que otros en sí misma, y esto agudizado por el príncipe de las tinieblas que nos susurra lo perdidos que están tal y cual persona, como no ven lo evidente. Nuestras comparaciones siempre son desde nuestra perspectiva, y por lo tanto, son parciales y como tal, prejuicios injustos. Ahora, pudiese ser que en algunas comparaciones haya cierta verdad, pero pregunto ¿Qué valor tiene eso para el propósito del Señor en nosotros?

Cuando caemos en la trampa de compararnos unos a otros (y sentirnos mejores), y esto no sea para imitar lo bueno como la fe y el amor de tal hermano; sino para tener autosatisfacción de que los “mejores” que somos (según nosotros mismos, eso no vale de nada), nos apartamos de lo que el Señor quiere lograr en nosotros, y nos ponemos a mirar para el costado, y dejamos de ver nuestro objetivo; y lo que es peor, el poder de alcanzarlo.

En muchos cristianos esta se vuelve una práctica muy habitual y frecuente, dado que en ellos mismos no ven muchos cambios ni transformaciones, y deben buscar la forma de conformarse en que son mejores.

¿Y con quien debemos compararnos entonces?

En el Señor sólo tenemos un patrón de medida, sólo Uno es nuestro patrón de medida y comparación; y sólo con ese patrón nos debemos comparar; con nuestro Señor Jesucristo, sólo con él nos debemos comparar; él es la medida perfecta y el llamado que tenemos, cada vez que nos comparamos con otra persona, para sentirnos superiores, erramos, sólo nos debemos gloriar en lo que respecto a Su medida (Cristo) vamos alcanzando.

Si sólo nos está permitido compararnos con nuestro Señor Jesucristo, debemos entender, que la segunda comparación que debemos hacer regularmente, es con nosotros mismos; si, con nosotros mismos; debemos compararnos en que hemos sido ya transformados por su poder en nosotros, esta comparación es muy importante; ya que si no vemos su poder transformador en nosotros al pasar el tiempo, significa inequívocamente, que en algún punto nos desviamos del camino. ¿Pero cómo? Claro, si dejas de avanzar, significa que has abandonado (por error), en algún punto la Senda correcta, lo que te ha dejado fuera del poder transformador de Dios, que es por medio de la fe, que obra por el Espíritu en ti.

Sed perfectos como nuestro Padre lo es, es el llamado; y el Hijo perfecto ya nos va siendo revelado por su Espíritu; ese es el patrón de comparación correcto que debemos tener día a día, hasta alcanzar su estatura. Y para ver los avances, debemos compararnos con nosotros mismos regularmente, para ver nuestros avances que alcanzamos en Cristo.

Si te quieres gloriar. Hazlo de ti mismo, y para ello debes ver cómo vas siendo transformado día a día por su poder, y si eso no ocurre pone muchas atención, ya que la meta es llegar a la estatura de quien nos llamó; y si no ves cambios en tu vida; lo que puede estar pasando es que no estás avanzando.

Así que, cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse sólo respecto de sí mismo, y no en otro; (Gal 6:4)

Todo lo que te he explicado, Pablo lo resumió en lo siguiente:

Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor. (2Co 3:18)

A cara descubierta, es sin hipocresía ante el Señor, mirando con nuestros nuevos ojos de la fe (corazón sensible ante él, sin endurecerlo), la gloría del Señor, es decir, Cristo glorificado. ¿Y donde lo vemos? En un espejo. ¿Y qué más vemos en el espejo? Nuestro rostro natural. Vemos al Señor la meta y el llamado en nosotros mismos, y como eso se va concretando, pero sin perder de vista nuestro rostro natural, sin hipocresía ante él. Nuestro rostro natural nos muestra todo lo que aún debe ser transformado y santificado, todo aquello que debemos abandonar, para tomar lo nuevo.

Dale vueltas a lo que te digo, y que el Espíritu te revele la profundidad y la operación de Dios transformadora por medio de su Hijo que es en la fe, por su gracia. Pero recuerda, sin cambios, no hay avance; y debe haber muchos cambios por el poder de Dios en ti, ya que la meta es tremenda e inalcanzable sin la fe que mueve montañas; el Reino de Dios.

Busca el evangelio verdadero; sólo en él, hay poder de Dios que nos transforma día a día en su gloria. No te conformes con lo que te han contado, vívelo completo, en EL. AMEN.

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; (Rom 1:16)

La paz del Señor sea contigo.

Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

(Luc 18:10-14)

Via. Conociendo a Cristo.

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