Antes de nada, permítanme aclarar que un servidor jamás estará en desacuerdo con toda prosperidad que provenga de Dios o que Dios apruebe, como no podría ser de otro modo. Estaré hablando en este escrito de la errada y pecaminosa búsqueda de toda prosperidad que llega a ser ilícita a los ojos de Dios, y que no es más que materialismo.

Más que nunca antes en la historia de la Iglesia, levantando bien en alto el blasón de la “bendición” de Dios, a través de innumerables publicaciones, congresos y demás operaciones de púlpito mayor y menor, el corazón del creyente es empujado hacia la prosperidad materialista, a la cual yo rebautizo con el apelativo de “materialismo cristiano” (cristianoen cursiva).

Muchos no se aperciben de esa infernal realidad, pero siguiendo el seductor y acaramelado dulce son de los nuevos pseudo-celestiales flautistas de Hamelín, decrecen el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, convirtiéndolo en una aspiración personalista y ajena a la verdad y finalidad del mismo.

Para los celestiales flautistas, el glorioso Evangelio queda reducido a simple mercadería, al próspero negocio de las crédulas, pánfilas, y sin sabiduría dadivosas masas (2 Pr. 2: 1-3).

En cuanto a aquellos primeros, están los que ya disfrutan de una incierta prosperidad, a la cual bajo ningún concepto van renunciar sino todo lo contrario, ya que viven atados a ella.

Por otro lado, están los que todavía anhelan desesperadamente esa “bendición” que jamás logran alcanzar, aunque la pretenden a través de “pactar” y “re-que-te-pactar” una y otra vez con el dios de los maestros del “materialismo cristiano”, los cualesmaterialmente les succionan una y otra vez.

Luego están otros, que tienen presuntamente responsabilidad ministerial, pero que no la ejercen como es debido, porque no advierten consecuentemente a los santos acerca de todas esas deleznables actuaciones y mentiras de los muy afamados maestros del “materialismo cristiano”.

No los rebaten en modo alguno, porque no se atreven por pusilanimidad – es decir – por diferentes miedos y temores, o por falta de convicción, cobardía, o quizás porque en su fuero interno les gustaría ser como uno de ellos.

Temen más a los hombres que a Dios, cuando el Señor le advirtió al mismo profeta Jeremías que le obedeciera en todo lo que le iba a mandar decir a Su pueblo, y lejos de temer a la gente, le temiera a Él, si pensaba no hacerlo:

“Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate, y háblales todo cuanto te mande; no temas delante de ellos, para que no te haga yo quebrantar delante de ellos.” (Jeremías 1: 17)

¡Hermanos! Son como manadas de lobos hambrientos que raudos se aproximan al campo abierto donde están las ovejas, pero el pastor, en vez de protegerlas llevándolas al seguro redil, las entretiene y las mantiene distantes unas de otras en grupitos separados – que sería aquí, la famosa “visión celular” del G12 – o los famosos y católicos Encuentros, o cualquier otra distracción no exenta de peligro en sí misma, y hace que miren al suelo, invitándolas a soñar y a visualizar los mejores pastos terrenales, en vez de hacer que eleven sus cabezas, observen y aprendan lo que es de lo Alto, tal y como ordena la Escritura:

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.”(Colosenses 3: 1-3)

Para los destructores lobos, ávidos de sangre, será mucho más fácil capturar a las dispersas, ingenuas y engañadas ovejas, que además están demasiado entretenidas en el campo del desamparo, sólo preocupadas en alimentarse con el siguiente bocado de hierba que parecen visualizar sus enceguecidos ojos, llamando a todo ello, “avivamiento victoria”.

“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas(Mt. 6: 24)

Lejos de oír la voz de Dios; lejos de vivir vidas que busquen el agradar a Dios, muchos sólo atienden a la voz de sus apetitos, y sus corazones están ya cargados de glotonería, sólo atendiendo a los afanes de esta vida. Sólo piensan en lo material, en la oferta de este mundo, y a eso lo llaman “prosperidad”. Sólo se preocupan de cómo crecer y engrandecerse, de cómo verse ante los demás como “bendecidos”, y a eso también le llaman “avivamiento”.

“Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal.” (Fil. 3: 18, 19)

No piden el pan nuestro de cada día (Mt. 6: 11), sino que eso se les ha quedado ya en muy poca cosa; ahora buscan el emular, y aún superar a los impíos, argumentando que si ellos tienen tanta abundancia, con más razón nosotros hemos de tener mucho más, ya que somos hijos del Rey…cuando el Rey ni siquiera tenía donde recostar su cabeza cuando anduvo entre nosotros (Lc. 9: 58).

¿Cómo podrán ser tenidos por dignos todos estos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre? (Lc. 21: 36) ¡No hay manera!

Presos en su propia ceguera, tienen como ídolos y ejemplos a seguir a todos los afamados maestros del “materialismo cristiano”, porque son prósperos en lo material. Lamentablemente no se aperciben que estos son ricos gracias a las dádivas que ellos les dan de continuo.

Y como dijo el Señor: “Como jaula llena de pájaros, así están sus casas llenas de engaño; así se hicieron grandes y ricos. Se engordaron y se pusieron lustrosos, y sobrepasaron los hechos del malo; no juzgaron la causa, la causa del huérfano; con todo, se hicieron prósperos, y la causa de los pobres no juzgaron. ¿No castigaré esto? dice Jehová; ¿y de tal gente no se vengará mi alma? Cosa espantosa y fea es hecha en la tierra; los profetas profetizaron mentira, y los sacerdotes dirigían por manos de ellos; y mi pueblo así lo quiso. ¿Qué, pues, haréis cuando llegue el fin?”(Jeremías 5: 27-31)

Tanto unos como los otros, viven en engaño. Sólo se preocupan en “prosperar”, vestir bien, ir a la última moda, poseer todo lo que un impío cualquiera desea y busca, presumiendo de estar en bendición, de tener el favor de Dios, dejando de lado a los necesitados que les rodean diciendo, que si esos son pobres, es porque todavía están en maldición y necesitan un “cambio de naturaleza” (2), y no se dan cuenta de que es a ellos a los que Dios acusa. ¡Pobres ilusos! ¿Cómo Dios no va a castigar esa soberbia en aquellos que dicen ser pueblo de Dios y obran de ese modo?

Siguen las profecías y dichos de los falsos profetas y falsos pastores y apóstoles de la actualidad (Mt. 24: 24) que les dicen mentira, y ellos acomodados al engaño, se dejan seducir porque sus corazones ya están acostumbrados, andan torcidos y llenos de grasa. ¿Qué harán todos ellos cuando llegue el Señor a por los suyos? ¿Les recogerá el Señor, cuando ni siquiera viven esperando Su venida?

“El mensaje materialista, vestido con el disfraz de la prosperidad y la bendición,  es la tónica general en estos últimos días, más que nunca antes en muchos medios eclesiales”

“Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos. (Romanos 16: 17, 18)

Existe división que es conforme al diablo. La causan todos los sensuales, que no tienen el Espíritu Santo (Jud. 19) – aunque muchos de ellos, se presentan como los ungidos del Señor. Saben usar la lisonja y las palabras suaves y halagüeñas. Son muy carismáticos y tienen don de gentes, por lo cual, saben como engañar el corazón de los ingenuos y cándidos. Sobre todo, saben como engatusar a aquellos que en el fondo de su corazón tienen una raíz de codicia, avaricia y ambición, a la cual no quieren renunciar.

La Palabra del Señor nos insta a apartarnos de todos estos (ver también 2 Ti. 3: 1-5 y Tito 3: 10, 11)

Pero también existe una división, pero que es de Dios. Esta es una división que actúa para la santificación y purificación del verdadero cuerpo de Cristo. Es un apartar las ovejas de las cabras. Veamos la Escritura:

“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.” (2 Timoteo 2: 19)

“…cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Porque es preciso que entre vosotros haya disensionespara que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.” (1 Corintios 11: 18, 19)

Dios conoce a todos los que son suyos – uno por uno – nosotros, realmente, no. Dios da su oportunidad para que todos los que invocan Su nombre, se aparten del mal. Eso lo hace por un tiempo definido, y los plazos se cumplen.

Creo que es ahora cuando genéricamente, el Señor está apartando y colocando – en el estilo de Mt. 25: 31ss – a sus verdaderas ovejas a su diestra, y a las cabras a su siniestra.

Esa división es de Dios, porque Él viene a por una iglesia sin mancha ni arruga, y todo aquel que no esté preparado, se quedará en tierra (1 Ts. 4: 13-17). Todo aquel que persevere en el pecado, será definitivamente apartado del Señor.

Via. Bismark 77. (Fragmento).

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