La simonía es, en el cristianismo, la compra o venta de lo espiritual por medio de bienes materiales. Incluye cargos eclesiásticos, sacramentos, reliquias, promesas de oración, la gracia, la jurisdicción eclesiástica, la excomunión, etc. La palabra simonía deriva de un personaje de los Hechos de los Apóstoles llamado Simón el Mago, quien quiso comprarle al apóstol Simón Pedro[1] su poder para hacer milagros y conferir, como ellos, el poder del Espíritu Santo, lo que le supuso la reprobación del Apóstol: «¡Que tu dinero desaparezca contigo, dado que has creído que el don de Dios se adquiere a precio de oro!»

El tema no es fácil, por el simple hecho de abordarlo puede llegar a intimidar por lo que la Biblia llama acercarnos con temor y temblor.

No, no es fácil criticar una actividad cristiana. No es gratuito arriesgarse a ser piedra de tropiezo, a contender sobre opiniones. Si, advertimos el riesgo de señalarlo pero el tema no se pasa de largo porque las consecuencias de hacerlo son mayores. En una colaboración en 2002 en el marco de la última visita de Juan Pablo II a México, el escritor Carlos Monsiváis hace una diatriba descriptiva hacia el afán de la iglesia católica mexicana en lucrar con la visita del Papa al país. La descripción es precisa, contundente y refleja el ánimo obsceno de hacer negocio con la fe, de una simonía sin rubor, de un cínico lucro. De las ambiciones frustradas de Simón el Mago deriva la simonía, la intención deliberada de comprar y vender o traficar de cualquier manera con los objetos y las situaciones sagradas. La simonía es de dos clases: la de la ley divina, el comprar y vender cosas intrínsecamente espirituales, por ejemplo indulgencias, o cosas temporales inseparables de lo espiritual, por ejemplo los beneficios (las rentas de una fundación eclesiástica), y la simonía de la ley eclesiástica, el comprar y vender cosas temporales vinculadas a lo espiritual. (Diccionario católico, editor Donald Attwate, Nueva York, 1941).Hace casi ocho años veíamos con asombro la forma en que la jerarquía llevaba al extremo demencial su simonía y quienes lo advertimos veíamos como un exceso al cual no estábamos sujetos como cristianos, pero mucho nos tememos que tal conducta no sólo encuadra a la religión católica, sino comienza a hacerse práctica entre el pueblo evangélico mexicano. En un artículo muy ilustrador sobre un tema similar, los editores de la revista Página Abierta de la Editorial CLIE hicieron referencia al gran mercado de artículos religiosos que constituye el pueblo evangélico norteamericano, sin duda el de mayor capacidad de consumo en el planeta. El tema es la gran industria que han llegado a ser la venta de libros cristianos que resultan ser hits de librerías multiplicando su distribución (y sus ganancias) en millones. Eso fue incluso novedoso hace casi una década. Los libros cristianos incursionaban como novedad que llamaba nuestra atención en los estantes de supermercados como Walmart. Hoy, “Una vida con propósito” y sus derivados son productos apetecibles para comercializar masivamente; incluso en México ya comienzan a verse ediciones de libros de Max Lucado en el mercado secular.

Sin duda una gran oportunidad de que el mensaje evangélico trascienda las puertas de la iglesia. También la oportunidad de que la vida cristiana se transmita por los medios masivos. Todo eso suena bien. El problema surge cuando vemos a cantantes con enfoque ministerial como Jesús Adrián Romero o Marcos Witt presentarse en enormes recintos como la Arena Monterrey donde sus promotores venden entradas que oscilan entre los 100 y 600 pesos mexicanos. Es igualmente interesante ver cómo esos conciertos se llenan. ¿cuánto ganarán los promotores? Deseamos pensar que el mensaje no cambia, que el Dios al que se canta no cambia. De hecho asumimos que así es. EL problema surge cuando vemos que por vivir una experiencia de alabanza se cobre.

¿Ese es el enfoque ministerial ahora?

¿Vale cobrar por una experiencia que debería proveer la iglesia de Dios? ¿Nos imaginamos cobrando a la entrada de un culto de adoración bien producido musical y escénicamente?

¿El derecho a escuchar un mensaje musical de la Palabra de Dios debe tasarse en lugares entre los 100 y los 600 pesos?

Porque una cosa es escuchar y ver ministerios de muchos años con siervos y siervas de Dios que han mantenido su integridad, ministrando en las iglesias y vendiendo en los atrios sus casets sus videos y sus libros. Ese enfoque ministerial es comprensible, inofensivo y, a nuestro juicio, deseable, pero…

¿Qué le diría Pedro, el mismo que reprendió duramente a Simón el mago (Hechos 8:18-21), a los promotores de la Arena Monterrey? ¿Tomaría la oportunidad de masificar el mensaje? ¿O repetiría la reprimenda, “tu dinero perezca contigo”?

Via. Navegando por la fe.

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